¡Mamá, quiero ser polímata!

Polimatía. Hermosa palabreja que básicamente significa “sabiduría que abarca múltiples conocimientos”. Un polímata es un individuo que tiene conocimientos en muchos campos o disciplinas. Los filósofos griegos lo eran, Galileo Galilei lo era, y Leonardo da Vincci lo fue. Se le considera el “uomo universale” del Renacimiento, dominando la pintura, la filosofía, la música, las matemáticas, la ingeniería, la anatomía y otras tantas.

Los siglos XV y XVI fueron de aprendizaje, de despertar (yo diría mejor espabilar), volviendo la mirada a la Grecia clásica e inspirarse en aquellos modelos que tanto aportaron a la Humanidad. Se pasó del hombre pequeñito al ego más radical. Se dudaba de todo y no se libró ni Dios (él o ella menos que nadie). Se estudiaba a los clásicos y se ponían en duda sus teorías, se contradecía con conocimiento y sin él, se juzgaba la razón y se competía por la originalidad, por la sorpresa, por los descubrimientos, por la copia de creación propia…

El hombre del Renacimiento era polímata y estúpido (esto último lo añado yo). Se creía el centro del universo, se creía todopoderoso, se creía ilimitado, se llegó a creer hasta inmortal. Y no niego que hubo grandes avances, que fue u
na época espléndida y que surgieron grandes nombres, pero que no eran polímatas, eran genios.

Tampoco tantos, en realidad. ¿Sabríais decirme Hombres del Renacimiento? En aquella época todo el mundo pretendía alcanzar el más alto nivel. Hay tratados que hablan de las normas o reglas que había que cumplir para ser el cortesano ideal. Castiglione lo llamaba “sprezzatura”, o lo que es lo mismo, tener una actitud individual, ser despreocupado, fresco, hablar bien, cantar, recitar poesía, tener un porte adecuado, ser atlético, conocer las humanidades y las obras clásicas, pintar y dibujar y poseer muchas otras habilidades. Así que si tenemos en cuenta esto, y que todo el mundo hacía por serlo, muy pocos llegaron a conseguirlo.

Hoy estamos en el resurgimiento del Renacimiento. Cosa que no es malo o, mejor dijo, no sería malo si no fuera porque no se pretenden aprender las diferentes artes, simplemente se saben, en muchas ocasiones por ciencia infusa. Todo el mundo sabe varios idiomas, sabe de música, sabe de ciencia, de arte, de fotografía, de política, de ecología, de leyes, de tecnología o de la reproducción asistida de los mejillones australianos. Y más aún, no sólo es que sepan de ello, es que son expertos. Así que lo son. Hombres del resurgimiento del Renacimiento. Todos son Galileos. Y eso es complicado de llevar a todos los niveles.


En palabras de Castiglione “el cortesano debe disimular todo el arte y hacer todo lo que se hace o se dice pareciendo que no exige esfuerzo alguno y casi sin pensar en ello”. Éste tío fue un profeta de Twitter, te lo digo yo.

En el siglo XV comenzaron a plantearse muy en serio el tema de la razón, dando lugar a un incipiente racionalismo que ponía en duda casi todo. Aquello surgió por un ansia de conocimiento y descubrimiento, hoy en día se hace básicamente por tocar las narices, ya que los argumento en muchos casos no tienen una base lógica, más que la lógica racional de quien lo impone (generalmente a la fuerza y con un discurso agresivo y ofensivo). Porque ese discurso no es una simple opinión (que podría darse y ser respetada), es una sentencia firme, un dictamen inamovible, las razón más absoluta.

No hay deseos de conocimiento y aprendizaje, hay desesperación por ser Galileo. Y, lo lamento, de esos hay muy pocos. Además no les sirve con ser un Galileo modesto de esos de “sólo sé que no se nada”. Los Galileos de hoy quieren ser recordados como los que destrozaron las teorías de Galileo (el de verdad) y cosas así.

El hombre ya no es el centro del Universo, ahora lo es el individuo. Y cuando esto ocurre, nada existe excepto uno mismo. Y es una pena que nos perdamos todo lo extraordinario que hay más allá de nuestras narices.